miércoles, 17 de agosto de 2011

La elegancia del erizo (Muriel Barbery)


Esos instantes en que se nos revela la trama de nuestra existencia, mediante la fuerza de un ritual que recuperaremos como era antes con mayor placer aún por haberlo infringido, son paréntesis mágicos que le ponen a uno el corazón al borde del alma, porque, fugitiva pero intensamente, una pizca de eternidad ha venido de pronto a fecundar el tiempo. Afuera el mundo ruge o se adormece, arden las guerras, los hombres viven y mueren, perecen unas naciones y surgen otras antes de caer a su vez, arrasadas, y, en todo ese ruido y toda esa furia, en esas erupciones y esas resacas, mientras el mundo va, se incendia, se desgarra y renace, se agita la vida humana. [...] La esencia de la aptitud para ver la grandeza en las cosas pequeñas. ¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud? El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y de la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Sí, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima.

martes, 16 de agosto de 2011

Cosas que hacen que la vida valga la pena.


La gente a la que quiero.
Que te sonría un niño por la calle.
Correr bajo una tormenta de verano.
Solucionar los problemas.
Irte a dormir con una sonrisa en la cara.
Soñar despierta.
Hacer fotos.
Tener gente a quien echar de menos.
Recordar la infancia y su inocencia.
Llorar con una película.
Un abrazo espontáneo.
Dibujar.
Revelar fotos y mirarlas por la calle porque no puedes esperar a llegar a casa.
Una brisa de aire fresco en verano.
El olor de la ropa tendida secándose al sol.
Empezar los periódicos por el final.
Seguir riendo con los capítulos (mil veces repetidos) de Los Simpsons.
Recordar diálogos y canciones de Los Simpsons.
El día del estreno de una película que me gusta.
El cine europeo.
Las conversaciones de las noches de verano.
Los reencuentros.
Viajar.
Notar que la persona con la que hablas por teléfono te está sonriendo.
Aprobar todo en junio.
La comida de mi madre.
Audrey Hepburn.
Los días de invierno que no hace frío.
Reir hasta no poder más.
Llegar a un sitio y besar el santo.
Meter los pies en la piscina por la noche mientras miro las estrellas.
Recibir una carta / postal / mail / sms sorpresa.
Recordar una anécdota y reirme sola por la calle.
Jugar con mi Aroa.
La inteligencia de mi David.
Regalar algo y ver la cara de felicidad al descubrir el regalo.
Las series de TV británicas.
Volver a ver a viejos amigos y descubrir que todo sigue igual y seguimos haciendo las mismas tonterías.
Aprender algo nuevo cada día.
Mejorar como persona.
Mis alumnos. Enseñarles y aprender de ellos. Escuchar sus historias y jugar con ellos.
Que gane mi equipo o mi deportista favorito.
Conocer cada año al menos a una persona que merezca la pena haberla conocido.
Encontrar una nube con forma de algo.
Poder dormir hasta que me apetezca.
Los perros.
Mis tortugas, Homer y Cudeiro.
Tener gente que me quiera y sobre todo, a quien querer.



Seguro que me dejo mil cosas pero ahí están algunas de las más importantes.

Foto: en Valldemossa, verano de 2009.